Fotografía: José Voglar
La amplitud de
la casa es tal que de inmediato refleja el corazón de quienes la habitan,
Franklin, Berenice y Delvalle (además de Lupita y Murphy, dos mascotas que intentan
adoptar al visitante como parte del grupo). La
claridad que permiten las claraboyas del techo genera una
atmósfera que nos dice de entrada la claridad de respuestas con las que
nos encontraremos. Una mirada al espacio nos asombra: aquí cuadros, allá
esculturas, aquí cerámicas, allá antigüedades, sillas, sofás; a la izquierda,
en la entrada, un taller pensado como futura galería, mientras al fondo, otro
taller que ocupa el patio. En el hogar de Franklin Mata todo respira un acto
creativo. Todo está bañado de familia y arte.
Frank Mata, como lo conoce la mayoría, metió su mano en la bolsita
de las preguntas y comenzó esta tertulia: nació en Porlamar cuando el río de
Guaraguao era el patio de juegos de casi todos los niños de la ciudad.
Una ciudad en la que la zona franca se extendía como la hiedra sobre los muros.
Esos eran los años en los que “Bacallao” con una olla cargada vendía sopas por
la ciudad.
¿Cómo arrancó tu carrera de artista?
En mi juventud
pase una temporada en la carrera militar y tal vez eso fue lo que se convirtió
en detonante para que yo terminara en las artes plásticas. Un día iba por la
Rómulo Gallegos y en el taller de pintura vi a Fabrizia Marianni y a César
Rivas dando clases, fue entonces cuando descubrí que eso era lo que me gustaba,
así que me dediqué a ir a clases en los talleres de arte libre. Ahí Estudié con
maestros como Asdrúbal Marcano, Octavio Russo, Juan García y Pablo Artal, con
él tuve una experiencia importante imprimiendo las primeras serigrafías de Juan
Loyola, además, tuve la dicha de tener como experiencia, a Alirio Rodríguez en
alguna de esas clases flash que daba al venir. Para esa
época acababa de llegar, recién graduada de Estados Unidos, Irene
Mendoza. Ella tenía cajas de pasteles Faber Castell y me permitía utilizar su
pastel, entonces hizo una experiencia muy hermosa conmigo, ella me permitía
pintar la parte de atrás de su cuadros; o sea que la parte de atrás muchos
cuadros de Irene Mendoza, están pintados por mí.
La Escuela de
Arte en La Asunción era como muy lejos y yo no tenía un ingreso como para
trasladarme, así que me dediqué a ser asiduo visitante de la Rómulo Gallegos.
En ese tiempo vivimos en la etapa dorada de los talleres. Tendríamos 16 ó 17
años. Éramos muy jóvenes y muy unidos. Allí estaba con Franklin Reyes, Johnny
Salazar, Ana Morín, y había uno ya mayor era el Sr. Denisse Bourne,
ese grupo era maravilloso. Uno tenía la necesidad de seguir estudiando y
comenzaron a conocernos los de la escuela quienes nos preguntaban: ¿ustedes no
tienen un título? Si tú estudiabas en la escuela salías con un título de
suficiencia en arte, pero ¿quién dice que tú tienes suficiente conocimiento? y
como ya yo tenía el título de bachiller mixto no aceptaba otro. Un buen día me
dije: bueno, a mí qué carajo me importa un título, entonces Me dediqué a mi
formación y con el tiempo, todos lo que se fueron a la
escuela regresaron al complejo.
¿Nunca te han invitado a ir a dar clases?
! No!, ni que me
inviten!
Como ves la docencia en el mundo del arte
de hoy
Hay que decir
una cosa bien consciente, no todos los artistas son buenos docentes al igual que
no todos los docentes son buenos artistas. Si yo me dedicara a dar clases
seguro que mi trabajo se iría palo abajo, porque yo tengo que inyectar la otra
energía a la docencia; Por eso yo creo que todo el que va a dar clases debería
pasar por un pedagógico donde aprenda todos los aspectos metodológicos para la
enseñanza.
¿Y la nueva generación?
He visto muchos
muchachos de nueva generación que manejan el discurso electrónico perfecto. Yo
creo que son buenos poetas, es decir, cuando tú los escuchas hablar
dices ¡Wow! ¡Qué maravilla! Lo que dicen se escucha muy bien, es decir, tienen
lo conceptual en la cabeza y en el habla, pero cuando ves la obra te das cuenta
que la hechura no sirve, no tiene el soporte de lo que ellos dicen, están muy
lejos de lo que comentan desde lo conceptual. Yo no soy alérgico a lo
conceptual, pero si soy exigente con la facturación, la hechura, la
materialización de la obra.
¿Cómo fue tu primera experiencia
expositiva?
Mi primera
experiencia fue una exposición que se llamaba “instantánea” en el Museo
Francisco Narváez. En esa oportunidad se escogió en el taller a los representantes
que iban a estar en esa experiencia en el Museo. A mí me tocó el
compromiso de estar trabajando al lado del maestro Asdrúbal Marcano.
Yo siempre echaba el ojo por debajo viendo a esos personajes que el pintaba y
me preguntaba ¿Qué hago yo aquí? Para esa oportunidad me decidí a
trabajar con el cartón del puerto libre. Ya en la inauguración, el Maestro me
dijo: yo quiero que tú me obsequies esa obra porque, a tu edad y con el poco
tiempo que tienes para estar formado, lo que has hecho allí es espectacular.
¿Qué determinó la temática de tu obra
actual?
Siempre en mi
obra ha habido algo disfrazado, eso es porque yo siempre protesto desde el
punto de vista ecológico y social. El asunto se da porque prácticamente viví
siempre en el centro y para mí era preocupante ver tanta basura que sacaban a
la calle, así que empecé a recoger material para reciclar y hacer
obra. Mi soporte era el cartón de las cajas de Puerto libre y yo dejaba que se
le viera el código, los números, el peso, etc. Eso me llevó luego a
otros materiales que reciclaba. Cuando gané el Salón FONDENE, la obra estaba
conformada por un box de una cama y unas telas de saco. Cuando gané ese premio
era jovencito, tendría como 19 o 20 años. El salón FONDENE gozaba de todo el
prestigio y ahí estaban participando los premios nacionales
Yo vivía cerca
del río y él era mi relación directa con los cangrejos, por lo
que en el comienzo de mi trabajo mi primera temática era el cangrejo
(que me producía mucho miedo).
Siempre he
pintado aquello a lo que le tengo miedo, por ejemplo, yo le tengo pánico a los
caballos. Nunca me he montado en caballo vivo, ni me montaría jamás, El caballo
comienza aparecer en mi obra porque cuando éramos niños nos llevaban a la
fiesta de la Virgen del Valle y allá, frente a la plaza, había un caballo de
esos de tomar fotos. Era un caballo horrible, espantoso. Parecía que tuviera
sarna El peluche se le iba cayendo y era horrible y uno debía ponerse un
sombrero mexicano; sin embargo, cuando me monté en el caballo, me
sentí como un héroe, me parecía que podía luchar contra el mal. Creo
que de ahí viene el caballo en mi obra. Lo he usado como elemento simbólico de
lucha, pero de hecho, como no me podía disfrazar de caballo, pensé que debía
haber una manera de incorporarle todo ese desecho a él para que hablara de eso.
Una vez intenté hacerlo moldeado con resina plástica, pero vi que la basura iba
a quedar ahí adentro como asfixiada. ¡No! Yo quiero que se tenga
contacto, que se vea que está hecho con desechos. No quería ocultar nada y por
eso, los que busquen perfección en mis caballos, quedarán locos porque no es lo
que yo busco.
¿Isla doméstica o isla universal?
Para mí siempre
ha sido universal. Yo nunca he pensado como local, el único punto en el que
coincido como local es que no puedo pasar más de 3 meses afuera porque me
quiero venir. Las experiencias de ir con mi obra a Venecia y ver que no hay
tanta diferencia con lo que veo acá me hicieron pensar mucho en permanecer en
mi espacio. Es más, veía muchas cosas que yo decía ¡Oye! pero esto se parece
tanto a lo que fulano hacía. Lo que pasa es que cuando uno es creador, si no
tiene la mente abierta, termina en todo ese abanico de pintar playitas, matas
de coco y peñeritos; por el contrario, si tú tienes el concepto bien
abierto, ese peñero sé monta en unas aguas para afuera y puedes gritar. Yo
estoy muy claro en eso y pienso que una de las cosas que ha faltado aquí
es que nuestros espacios expositivos sean, no solo para nuestro
disfrute, sino para proyectar el artista hacia afuera.
¿Cómo sobrevivir al mercado del arte en
Margarita?
Básicamente,
respetándote a ti mismo. Si tú dices no a la prostitución de tu obra, mantienes
una obra que goza de prestigio. Yo pudiera hacer caballos todos los días, pero
si los de peluche los venden más bonito, yo prefiero vender uno al mes, pero
bien vendido, así que voy y tocó puertas, ofertó, en fin, me las inventó. El
problema de muchos de los creadores de la isla es que la obra
llega a ser una manualidad.
Los críticos y curadores: ¿plagas o
bendición?
Empecemos por
los críticos. A mí me parece que los críticos lo que alimentan es el ego de
ellos. Yo he tenido la oportunidad de escuchar críticos que hoy hablan
maravillas de un artista en un salón y luego, en otro salón, dicen que no sirve
para nada. Nunca los he entendido. Antes iba mucho a los salones y al leer los
textos de catálogo y ver las muestras decía: si yo que soy creador no entiendo
lo que estoy viendo, ¿qué quedará para el público? Por eso, siempre he dicho
que la crítica es como un maquillaje de la posición que quiere escalar el
crítico más no el artista. ¡Ojo!, también hay críticos honestos y críticos
deshonestos yo conozco personas que son muy buenos como críticos, como Luis
Ángel Duque, quien dirigió el Museo de Arte Contemporáneo Francisco Narváez.
¿Qué crees que hay que cambiar en el
sistema de validación del arte? ¿Nueva Esparta tiene su propio sistema?
Bueno ¿qué
cambiamos? yo creo que todo. Yo siempre he dicho que a los galeristas y a los
críticos, cuando les interesa un artista, así sea malo, lo llevan a la gloria y
cuando ya no les sirve lo lanzan para abajo.
Ahora no existen
los espacios para la confrontación. Antes el sistema funcionaba, pero ahora no.
Los buenos salones de confrontación a nivel nacional ya no se mantienen y los
pocos que quedan persisten unidos a la política. Un salón como el Michelena,
que era lo máximo, ahora parece clandestino. Uno de los salones maravillosos
como el Salón de Arte Aragua, que era un salón en el que tú te olvidabas hasta
del premio, pues tenía más importancia la confrontación, ya está totalmente
unido a la política. Recuerdo que para esos salones importantes íbamos a
participar hasta montados en un camión sin baranda y como las piezas eran muy
grandes y no te alcanzaba para mandarlas por encomienda, terminábamos
regalándolas a otros amigos artistas en Cumaná
En nuestras visitas a distintas ediciones
de salones de arte en la isla se nota tu ausencia.
Yo participé las
primeras veces en el Salón Con La Fe y bueno, una vez no participe porque en
ese momento me pareció más importante vender la pieza. A partir de allí, el
comité que organiza el salón más nunca me invitó. Creo que ahora son muy
exigentes al respecto… (risas)
Pero siempre existe el apoyo de las
galerías como alternativa.
Galería es
aquella que trabaja para proyectar y vender la obra, no para permanecer
esperando que llegue un comprador. Para mí no existen galerías en Margarita.
Aquí son sólo tiendas. Un ejemplo de galería de arte seria la que estaba en el
Hilton llamada Image Gallery que dirigía Carolina Lehmann y era porque de
verdad funcionaba como tal. En mi caso, me volví gerente de mi obra.
Yo prefiero quedarme en mi casa trabajando.
Esa posición te convierte en un artista
que muchos ven como encerrado. ¿Cómo ves la forma en que se puede ayudar a
otros artistas?
A nosotros el
apoyo siempre nos lo dio la empresa privada; el que diga aquí, en Margarita,
que no fue apoyado por Rafael Tovar, está pelado. Ese fue el bastión más
importante en el apoyo económico o logístico. A los artistas nos apoyaba con
autobuses, pasajes para las bienales afuera con boleto de ida y vuelta para que
participáramos en los salones; tú podías hacerte la vuelta de salón
Aragua y salón Michelena y, aparte de eso, nosotros nos llevábamos
una muestra que la hacíamos itinerante y ya previamente se había cuadrado con
el museo de Maracay, con el museo de Valencia; aprovechábamos los autobuses en
ese itinerario. Para la exposición de Daniel Velásquez, él ayudó para pagar
catálogo, brindis, pedestales y en mi viaje a Venecia, me ayudó comprándome una
pieza
Si tuvieses mucho dinero ¿a cuál artista
joven le montarías un taller para que trabaje a sus anchas?
A uno que ahora
casi no me trata, que no le caigo bien ahora, pero te lo juro que yo le
montaría un taller a Daniel Rivas y no lo pensaría dos veces. ¡Wow! ese tipo
tiene toda la formación. El día que él llegué, va a quedar muy bien. Él ya debe
tener, no sé, entre 25 y 30 años. Él es el artista al que yo, sin
dudarlo un segundo, le montaría un taller, pues es el mejor preparado de los
artistas jóvenes de la isla.
¿El arte es político?
Creo que la
política está en todo dependiendo de cómo tú manejas la política. Para yo salir
a vender mi obra, tengo que aplicar una política desde el punto de vista de
gerencia, no de partido político.
¿Cuál es tu mayor temor como artista?
Ninguno. De
verdad, ninguno. ¿Tú sabes porque no tengo miedo? porque yo creo en mí mismo y
soy muy positivo. Dentro de todo lo que se está derrumbando yo estoy
construyendo por otro lado
¿Dios tiene que ver con tu trabajo
creativo?
Yo creo que hay
una fuerza bien grande que mueve todo esto. Tú la puedes llamar paleta de
helado, piedra de moler. Lo que tú quieras. El nombre se lo pones como tú
quieras. Con el tiempo he creído que somos nosotros mismos la
fuerza. Tú mismo eres una carga energética. Creo que una de las partes de que
te sientas cómodo en lo que haces en todo eso es creer en ti mismo.
Nombra tres autores regionales que
consideres relevantes
Si hay
alguien que yo he considerado relevante, no por la producción de la obra, sino
por haber exaltado a lo máximo el paisaje margariteño, es Vásquez Brito. A mí
me parece que nosotros deberíamos tener, desde el Aeropuerto hasta Porlamar, un
gran mural de Vásquez Brito, para que nunca se nos olvide el paisaje
margariteño. Otro pudiera ser Omar Carreño, él me parece un artista completo;
el otro sería Narváez. Aunque Narváez nunca me llamó la atención fuertemente su
obra, he logrado entender su trascendencia, pero siempre me quedo con Vásquez
Brito
¿De qué no hablarías tú jamás en una
entrevista?
Mira, no
hablaría del egoísmo, de la viveza. Si alguien me lo pregunta, yo le
digo no hablo de eso. Creo que soy muy transparente. Soy muy peleón pero por
cosas justas, así que de eso no hablaremos hoy.
Cuéntame un Cacho margariteño
Yo siempre cuento son anécdotas, yo soy
muy malo para los Cachos
Tu familia
Mi infancia fue
fabulosamente increíble. De verdad fue maravillosa. Mi madre fue muy peleona,
tanto que nosotros más bien pensamos que era nuestro papá. Hay un personaje
del que yo siempre hablo y es mi tío Eugenio “Geño” Mata, quien fue el que
manejó el ferry de Coche. Él nos montaba en el barco y nos paseaba en la noche
por la costa de Coche mientras cantaba malagueñas... Mi esposa, la
mejor compañera y mi hija es la mejor escultura que he hecho, y de paso habla.
Jajaja.
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